martes, 23 de noviembre de 2010

COMPETENCIA O JUEGO? FUTBOL INFANTIL

Fútbol Infantil: ¿Trabajo o diversion? ¿Esfuerzo o placer?
¿Competencia o juego? ¿Pena o gloria?
Por lo que estamos observando, el fútbol ha dejado de ser un juego
exigiéndole la seriedad y el rendimiento de un niño superdotado.
Hay equipos de todos los niveles socioeconómicos, que tientan con promesas de todo tipo a jugadores de otros equipos cuando recién han ingresado al fútbol infantil. En los ámbitos del futbol infantil puede observarse con una alta frecuencia los comportamientos de ciertos padres ansiosos y descontrolados que expresan en un ocasional encuentro deportivo apelando a los gritos durante toda la disputa del partido.

TERCERA PARTE
Este tipo de reacciones también se deja ver en los encuentros de los
más pequeños. Estas manifestaciones de los adultos espectadores opera como interferencia constante en la labor de los entrenadores y/o delegados e incitando a la agresión dentro y fuera del campo de juego.
Como reflexión propongo la lectura del siguiente párrafo de Bettelheim:
“Los padres deben decidir cuales de las dos cosas es más importante: que sus hijos se acostumbren rápidamente a jugar de acuerdo con las reglas propias de los adultos, o que se esfuercen en convertirse en seres humanos reflexivos y autónomos diseñando planes para el juego, aunque una parte del tiempo disponible se gaste en este difícil proceso... La obediencia no requiere aprender a sopesar opciones, a llegar libremente a acuerdos con sus semejantes y a poner a prueba en la práctica la factibilidad de las reglas decididas en teoría. El niño que juega tal y como se le indica puede mejorar su habilidad en determinado juego, pero no aprenderá a cooperar con sus semejantes ni lo que supone diseñar reglas para su propia conducta en cooperación con otros niños, el juego lo puede aprender
bastante bien pero el niño no se socializara jugándolo...
Las funciones más importantes del juego libre y del juego estructurado
consisten en ofrecer al niño la oportunidad de resolver problemas pendientes, afrontar presiones del momento y experimentar con diversos papeles y formas de interacción social con el objeto de determinar hasta que punto le convienen.
Todos estos propósitos quedan anulados cuando los adultos imponen sus pautas de seriedad en las actividades del niño”.
Siguiendo con el autor citado, respecto del juego libre escribió: “La transición
es gradual desde el juego libre, caracterizado por la espontaneidad, la fantasía, y los cambios bruscos de contenido de la realidad a la imaginación; hasta los juegos estructurados, que requieren mucho mas autodominio para esperar que su turno y para ajustarse a las reglas del juego aunque obedecerlas te lleve a la derrota”.
En relación con las reglas, Piaget insistía en la necesidad de aprender
a jugar con ellas, en el sentido que era uno de los pasos más importantes en
las socialización del niño, sin embargo, tal y como escribió Bettelheim, “no se
aprenderá ninguna de estas capacidades socializadoras si los adultos tratan de controlar a que juegos se deben jugar, o se impide experimentar con las reglas (lo cual los adultos temen que pueda llevar al caos), o si llenos de impaciencia insisten en que el juego empiece sin demora”, no dejando que los niños ocupen una buena parte de su tiempo discutiendo. Los adultos privan así a los niños del crecimiento personal que podrían adquirir.
Es sabido que de todos los niños que comienzan la práctica del fútbol
infantil, solamente el 3 o 4 % llega a desarrollarse como futbolista profesional, es decir que el 96 o 97 % quedan en el camino, y sin embargo el sistema apunta a la minoría, sumado a que “como son chicos”, quienes se ocupan de su formación generalmente son padres aficionados al fútbol o “futboleros”, que en algunos casos es posible que sepan del fútbol, pero habría que ver si saben como tratar a un niño, y que es lo mejor que se puede hacer por y para ellos.
Cuándo los niños dejan el club de barrio y tienen la posibilidad de
llegar a una institución de fútbol profesional, generalmente quedan a cargo de un ex jugador de fútbol profesional o amateur (que muchas veces ni siquiera ha completado el curso de director técnico habilitante). Muchas veces el referente es una gloria de dicha institución, que debido a su experiencia como jugador capaz de transmitir a esos niños vivencias y situaciones atravesadas en su época de futbolista, pero ¿Están en su mayoría capacitados para conducir niños en plena formación que además de conocimientos futbolísticos, necesitan ser respetados en sus tiempos de maduración y crecimiento?
La presión por el rendimiento deportivo del niño no es más que una
prolongación de la presión existente en el deporte profesional (y en el fútbol
profesional). Esta invasión procede de la necesidad de captación de jóvenes talentos.
En las tempranas edades de profesionalización en algunas especialidades
deportiva como por ejemplo: gimnasia artística, natación, tenis y fútbol, hace
que se traspase a los niños los modos de trabajo y exigencia que se utilizan con los adultos sin reparar que la evolución cognitiva y, sobre todo, afectiva de los niños. Estos tratamientos puede ocasionar el sufrimiento de interrupciones y bloqueos afectivos de negativa consecuencia en el desarrollo de los sujetos. La presión en el deporte infantil, y en particular en el fútbol infantil, que no respete la persona y su ritmo particular de aprendizaje, su edad, que valore más el resultado que la formación, traerá secuelas físicas -microlesiones, esguinces, sobrecargas musculares- y psicológicas -problemas de autoestima, falta de seguridad en sí mismo, eliminación del disfrute, problemas de rendimiento escolar por falta de concentración en los estudios, falta de desarrollo de la propia responsabilidad...-
Un deporte infantil que no tenga en cuenta la complejidad de la formación
de los sujetos deportivos y no proyecte un trayecto formativo a la medida de
todos lo elementos que intervienen, se convierte en un obstáculo no solo para el desarrollo evolutivo, también para su construcción del sujeto en relación con la cultura.